Tengo el deseo profundo de recuperar la forma de mis ojos. Tengo una teoría, por lo menos para mí, y se la quiero contar.
Desde pequeña tengo unos ojos que podríamos decir «grandes»; muy redondos y ovalados a la vez, que se aproximan a la curvatura de mi nariz hasta rozar casi el borde del contorno del rostro. Bueno, puedo estar exagerando un poco pero sí, son grandes.
Siempre creí que la mirada refleja como nos sentimos y que nos pasa por dentro del alma. Es así, que creo que cuando mis ojos permanecen en línea recta, de forma horizontal sin dibujar alguna otra línea, es porque estoy neutral; y neutral me refiero a que mi día es mi rutina de siempre sin presentar sobresalto alguno. Cuando se dispara una emoción en mí, de felicidad plena, de alegría inmensa, mis ojos se modelan hacia arriba como trazando la curva de una sonrisa, que eleva mi mirada hacia el cielo sin pedirme permiso.
Pero cuando estoy triste pasa todo lo contrario. Si tengo miedo, preocupación, tristeza o algún otro sentimiento que sienta que me estruja el corazón, mis ojos no son mis ojos. Piden silencio y se protegen entre sí dibujando una curvatura pero esta vez hacia abajo, como si quisieran enterrarse para no mirar. Se ahogan en un vaso que no existe a la vista de nadie. Se apagan.
Esa es mi teoría y hoy tengo mi mirada como les conté en el final, tristes. Tristes pero pidiéndome auxilio para no seguir cayendo.
Y aquí estoy una vez más, empujando un poco más a mi alma para verla sonreír.
_____________
Giuli Canosa